domingo, 29 de agosto de 2010

9- La Joven Bruja /Parte Uno- Reseña y Desolaciòn

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Ella siempre supo que no estaba sola. En sus recuerdos la seguìan sombras como fuentes de energìa que ella siempre negaba. En su presente... aùn la siguen.
Su atractivo se lo daba su misterio. Misterio que cada noche conjura en el mar oculto de sus silencios.
Su nombre es Moria y su tristeza embriaga,obsesiona, trastorna.
Tiene el pelo largo, azabache como la noche màs intensa y fino como fina queda su alma en cada embrujo. Su extrema delgadez la hace aùn màs lejana. Sus ojos achinados le conceden la duda sobre la pureza de sabidurìa con la que dice contar para aliviar el dolor ajeno. Ellos en silencio hablan de Poder.
Mas Ella sabe. Sì, ella lo sabe. De sus entrañas brota la sangre que santifica las almas.
A su encanto recurren quienes tienen hambre y sed de secretos ocultos.
A Moria le dicen Bruja.

Ella maneja la magia y esta es su historia.
Es su historia y es la historia de los sueños.
Moria Guzmàn desde chica fue... còmo se dice... realmente especial. Siempre recuerda en el colegio, cuando lo sintiò por primera vez. Sabe que fue en cuarto creciente ( como todos sabemos, lo que sucede en esta fase de la luna, crece con el tiempo) tiene la certeza porque fue el dìa antes de cumplir trece años.
De vuelta hacia su pueblo sintiò esa voz venida de los àrboles, las hojas, la tierra y de las sombras.
Una voz gruesa, tosca haciendo eco en el asfalto y llamàndola con persistencia., dicièndole:- Moria... Moria... tu hora ha comenzado.
Es la misma voz que se mezcla en cada atardecer con el bullicio contemporàneo y se lo recuerda. Le recuerda su Misiòn. La misiòn de la que ella reniega pero sigue, lo quiera o no, pues es su carne la que la impulsa .
Desde su carne siente el llamado, es lo que se dice Vidente. Moria sabe sin saber, sin haber estado presente en el pasado de los seres que la buscan. Recurre a su esencia y se conecta con voces indicadoras de verdades.
Para ella es como un estigma que debe supurar, otros lo llaman DON. En el pueblito Las Hijuelas se la conoce como La Doña.
Todos, alguna vez, recurrieron a su especialidad, su ayuda, sus recetas màgicas. Buscan su ayuda, sus consejos, su poder sanador.
Sus detractores le dan la espalda, sus seguidores la adoran encantados en su embrujo.
Ella sabe sin saber todo de todos.
La confirmaciòn se la diò su primer caso.
Moria tenìa Catorce años y lo recuerda como si fuese ayer.
Entrò ese joven por la tranquera hacia la casona, aquella tarde frìa en la que el otoño comenzaba a vestirse de invierno. El era flaco, de mirada profunda con un dejo de tristeza. Su nombre era Juan y la necesitaba. Atravesò el patio en direcciòn a la niña de ojos cafès, presentàndose, le comunicò a Sofìa, la hermana menor, que querìa hablar con Moria. Sofìa saliò al trote en busca de su hermana entrando de repente en la habitaciòn.
Ella aùn siente su voz... aùn la siente...
-Moria, hay un joven que quiere verte- dijo Sofìa con sus diez añitos juguetones y con una sonrisa que marcaba sus labios hacièndola parecer un angel descendido a la tierra.
-Dile que hoy no podrè verlo, no me siento muy bien Sofi, dile que pronto me comunicarè con èl-.
En ese instante, Sofìa pensò de què forma se comunicarìa su hermana con alguien que no conocìa, sin embargo, haciendo un gesto de asentimiento corriò hacia el joven que esperaba sentado en el umbral y le dijo que Moria ya lo llamarìa.
Juan, en medio de silencios, haciendo un leve saludo con su mentòn, regresò sobre sus pasos. En su retirada mirò tres veces hacia aquel ventanal en el que lo espiaba una figura difusa, casi fantasmal que retrocede la segunda vez que advierte que es descubierta.
Sobre el camino, el polvillo se eleva marcando el paso del joven a quien el destino le tiene preparada
una encrucijada que lo debatirà entre la vida y la muerte.
En el hoy... recostada en sus recuerdos Moria aùn siente sus pasos...
Aquella tarde Moria supo que Juan vendrìa. Recostada en su pasado lo ve claramente, como si fuese ayer a pesar de que han pasado diecinueve años.
... Habìan pasado tres dìas desde la visita angustiada del joven de los ojos tristes, ella, mirando al cielo lo evocò en sus recuerdos y le dijo a Sofi :
- Sofi, cuando llegue el muchacho de ojos tristes, dile que lo espero en el cuarto de las velas- Sofi asintiò sonriendo y siguiò jugando con sus muñecas.
Moria se dirijiò al cuarto legado por su abuela, era una especie de àtico en la parte màs alta de la propiedad. Ahì lo esperò con la mirada fija en la puerta.
A los quince minutos, llegaron dos sombras, una se colocò en su lado izquierdo y la otra, como enfrentada a ella, quedò parada atràs de la silla del consultante. Una vez ubicadas, Moria prendiò las velas.
Cuando Juan entrò la viò sentada, la viò solo a ella, ella estaba con los ojos cerrados mientras Juan no sabìa que decir. El no sentìa miedo, sòlo cierta incomodidad pues era su primera vez en eso de las Iniciadas.
El ambiente estaba oscuro, no porque lo fuera, si no por la persiana baja y el sol poniente, las velas iluminaban tenuemente el rostro de la niña hacièndola parecer adulta, Juan notò dos rosas, limones, hierbas y algunas sustancias cremosas en una mesa lateral... Moria vestìa comùn, nadie dirìa lo que escondìa su blusa de poliester y su pantalòn de lino. Le hizo señas que se sentara y Juan, lentamente, corriò la silla y tomò asiento...
La noche asomaba por la ventana... la sesiòn se iniciaba...
Ella volviò a fijar la vista en el muchacho, lentamente, haciendo un raro murmullo dijo:
- Tu madre ya no puede ser salvada-
Hubo un silencio y Juan, con los ojos llenos de làgrimas replicò:
-Me dijeron que podìas ayudarnos !Ayùdanos! Estamos desesperados viendo su condiciòn deteriorarse cada dìa, los mèdicos la han desahuciado- dijo, entre triste y furioso como implicando un reto, una sùplica o como una esperanza de encontrar en la chica un milagro.
Ella, con una leve sonrisa, le explicò:
-El trabajo de tu madre ( todos sabemos que un trabajo se refiere en la jerga gitana a Maleficio) viene de hace muchos años, se lo hizo una mujer por el amor de tu padre. Esta mujer ya no vive asì es que ya no puedo ayudarte, ella muriò entre cenizas, fueron las Fuerzas ( al pronunciarlas, Moria tocaba su frente) quienes vinieron a lavar sus culpas. Al no deshacer el trabajo en vida, se lleva la vida de tu madre-.
Juan dijo:
- Pero algo podràs hacer, tu fama te precede, creo en tì-.
Ella replicò:
- Crees en cualquier camino para retener a tu madre, lo que puedo hacer por vos, es aliviar su sufrimiento, hacer que sus huesos ya no duelan ¿ Eso quieres?-
Juan asintiò y la niña dijo:- Mañana, si tu quieres , a esta hora, vìstela de blanco, deja sobre su mesa de luz dos rosas, dos huesos de un animal muerto en sacrificio, un pote de miel y tres velas encendidas-. Mirando la hora, Juan hizo un gesto vencido por la resignaciòn.
La sombra que estaba a su espalda lo abrazò, Juan sintiò un leve alivio, mirò a Moria y se retirò lentamente, cerrando apenas la puerta para perderse en la oscuridad certera de la noche.
Moria se quedò ahì, dialogando con la sombra a su espalda, hasta que dieron las doce...
Luego, un silencio sepulcral invadiò la estancia, mientras la bruma se elevaba hacia el cielo y Moria dejaba sus unguentos en paz...
... Juan no pudo dormir en toda la noche pensando, escudriñando lo que la niña le habìa dicho. Pensaba en Dios, en los milagros, en la capacidad de enmendar las cosas, en lo indefectible., en el bien... en los huesos del animal muerto... !Pero de dònde los sacarìa! No era capaz ni de matar a una mosca ¿Còmo harìa para conseguirlos? ¿Serìa capaz de matar a un animal inocente con tal de salvar a su madre del càncer que la iba consumiendo por dentro? ¿Acaso era realmente hacer un bien a su progenitora derramar sangre inocente?
Al alba se levantò como sonàmbulo y fue al cuarto de su madre. Parado en la entrada de la alcoba, la miraba descansar con ese gesto de dolor que ella tenìa estampado en su rostro, ni los sueños la hacìan sonreìr màs... El, cabizbajo, volviò sobre sus pasos, fue directo a la cocina y tomò el puñal. Luego, con la luz del sol, se dirigìo hacia el fondo de la casa, buscaba a Panchito, su perro de toda la vida... el rostro de la niña comenzaba a sonreir, mientras... Juan lloraba...
Pancho estaba aùn dormido, ya era bastante viejecito, como para escuchar los pasos de su amo. Juan entrò al garage con los ojos desorbitados, sus latidos hechos una furia lastimando su pecho, su respiraciòn saltando con el impulso de matar y el dolor de su madre sobre sus hombros. Tomò al petiso por sorpresa, apenas amaneciendo y empuñò el puñal como decidido a dar el golpe certero a su amigo. De repente, sintiò la voz de su madre llamàndolo, el volviendo sobre sus pasos, se asomò en el portòn y la voz se hizo màs clara. Sì, era su madre que lo llamaba.
Dejò al perrito en su cuchita y corriò al cuarto de su madre. Al entrar, la viò profundamente dormida pero esbozaba cierta paz, era como si un haz de luz hubiera acariciado su alma.
Se quedò observàndola un tiempo largo y de repente pensò en Moria y en que todavìa no conseguìa los huesos del animal muerto en sacrificio. Repasò lo que iba a necesitar: tenìa el camisolìn blanco, las velas, la miel, las sàbanas pero no los huesos y sin ellos nada librarìa a su madre del dolor.
Entonces, como un resorte que salta hacia cualquier lado se dispuso a completar su tarea, todavìa tenìa el puñal en su manga, en cuanto se dispuso a ir hacia la puerta, una voz le dijo...
-Querido Juan, no lo hagas, dèjame sufrir el calvario hasta que el Señor diga basta- Era su madre la que hablaba. Juan quedò perplejo pues su mamà estaba hablàndole en sueños.

- Dios librarà mi alma, hijo, tu desesperaciòn te ha llevado a un lugar oscuro y quiero que salgas, sòlo suelta mi dolor y yo me encargarè de calmar el tuyo-.
Juan volviò a su lado, se acurrucò en la orilla derecha de la cama y comenzò a rezar pidièndole a Dios perdòn por su falta de Fè.
La mano de su madre acariciò su enrulado pelo y expirò como los pètalos de rosas luego de que el viento los arranca de la flor.
Juan levantò su cabeza y viò a su madre morir con una sonrisa, libràndolo de la culpa de sacrificar a un ser vivo cuya sangre inocente no calmarìa dolor alguno.
A lo lejos...
Moria sintiò que un alma habìa dejado la vida. Una sombra se lo contaba mientras ella miraba fijamente el techo. Su magia no se habìa realizado esta vez, pero era su primer caso y sabìa que vendrìan muchos. En ese instante , su madre le avisaba que Julia, su vecina, necesitaba Ayuda...

Hoy, hamacándose en el jardín de los recuerdos, viene a su memoria Juan y su desolaciòn. Aquella vez en que la luz triunfò sobre la oscuridad; oscuridad a la que todos los seres humanos periòdicamente, por nuestras debilidades, estamos expuestos. Ella lo sabìa mejor que nadie.





By Mariela




6 comentarios:

Clara Schoenborn dijo...

Muy bello escrito y muy inspirador. Me agradó mucho leerlo. Un abrazo.

Adrián J. Messina dijo...

Hermoso Mariela.
Positivista y motivador.
Magnigicas palabras, como a las que nos tienes acostumbrados.
Un abrazo.

Miuris dijo...

Hola Mariela
Muy buen relato, la magia tiene dos vertientes, el positivo y el negativo y tú muestras aquí esa parte blanca encantadora que deja ese gustillo como de seguir leyendo.
Sería bueno tener una audiencia con esta brujita.

Buen inicio de semana amiga

Mariela Marianetti dijo...

Gracias Clara por tu paso y tu presencia.
Un abrazo Poetisa

Mariela Marianetti dijo...

Gracias Àdriàn, me alegra mucho que te gustara.
Un cordial saludo hasta tu lugar.

Mariela Marianetti dijo...

Ja, ja! Sì, la tengo guardada en mi imaginaciòn a esta brujita.
Pienso completar el relato aquì, asì va a volver, ahora, cuàndo, no sè.

Muchas gracias por tus palabras tan ciertas.

Un abrazo Miuris